Ya no recuerdo el momento en que apareció en mi vida...
Era pequeño... Cierto. Y tal vez otoño...
En esos espacios vacíos, sin televisiones, ni móviles...
Teníamos muchos ratos "vacíos"
En esa casa teníamos una cocina con una chimenea,
ellos le llamaban "humero", como el hueso,
pero sin tilde. Con acento "llano".
Y en la penumbra de la tarde, sólo había
un ventanuco elevado, en la pared de la izquierda
y por la que se escapó nuestro periquito volando.
Lo sacaba de la jaula, sin permiso,
para que paseara sobre el hule de la mesa.
Ahí se le veía feliz paseando, con su estilo.
Nos reíamos mucho mi hermano y yo.
Y le poníamos el dedo en su pico romo
y nos lo picaba suave,
como si quisiera ronchar nuestra uña.
y nos tocaba levemente con su lengua gorda.
Una vez, comenzó a dar un vuelo corto.
Otra, un poco más largo, sobre nuestras cabezas,
y luego volvía a posarse en el hule, donde poníamos
unos granos de mijo...y nos hacía gracia
cómo los mondaba.
Un día, la única ventana que había en la cocina,
estaba entornada...levantó el vuelo y se fue a la luz.
Salimos al patio, pero ya no lo vimos más.
Una regañina más que me llevé.
Pero gracias a Dios, no recuerdo que me pegaran.
Fue la regañina de toda mi vida.
La regañina de ser el culpable...
una vez más.
Ya sin periquito no había más entretenimiento.
Y en una tarde de aburrimiento, Antonia, la mujer
que ayudaba en las tareas de la casa a mi madre,
me dijo:
- ¿Quieres que te cuente un cuento recuento
que nunca se acabe?
- Sí. Le respondí.
- Te digo, que si quieres que te cuente un cuento recuento
que nunca se acabe?
- No. Le dije, un tanto mosqueado.
- No te digo que me digas que si sí o sino, sólo te digo...
Me quedo mirándola en silencio y sentí desazón.
Era la primera vez que algo me producía esa sensación.
Me sentía desconcertado, humillado, viviendo
cómo la estupidez te desconcierta y
te genera impotencia.
Pasa el tiempo o nosotros (vete a saber)
y hoy, reviviendo lo mismo:
frente al televisor, ante la gente del entorno...
recuerdo aquello y se me viene esa desazón misma.
Ha pasado más de medio siglo y esa escena "visigoda"
es como si hubiera pasado ayer.
Me recuerda que "el bucle del cuento" aquel,
es "en el que estamos viviendo, tal vez desde siempre".
Gente verdaderamente torpe, detentando poder,
y engañándonos día tras día,
con todos los medios audiovisuales posibles,
haciéndonos entrar en el bucle del cuento.
Recuerdo la cara de "la Antonia" riéndose de mi,
desde la malicia y la incultura que la poseía.
Ahora, en estos tiempos,
podría estar en Bruselas en el Parlamento.
(En este enlace he encontrado un artículo en diario 16
que veo muy acertado y oportuno).
Hago una pausa zapeando recuerdos...
En este momento hay sobre mi casa ruido de aguacero.
Entran por las ventanas fogonazos
de flashes blancos, cegadores...
y un ruido sobre el tejado,
de carretas cargadas de piedras tiradas
por bueyes desbocados, van "a trompatalega".
Son las 20:16 y todo está oscuro.
Hay una humedad en el aire que arrulla el alma
y parece que vino justo a romper la soledad,
de cuando verdaderamente caminas solo
y parece que el reloj, de arena, del tiempo
hubiera caído al suelo y al romper su vidrio
estuviera la arena/tiempo desparramada...
convertida en momentos de oro sin orden;
revolviendo el pasado y el presente...
y a nosotros mismos.
Como un crio, nos arrodillamos
y tratamos de recoger, con nuestras manos,
en un movimiento mecánico,
(sin pensar)
amontonando la arena
en una hoja de papel cuché de una revista:
Nuestra vida.
Sabiendo que no valdrá para nada...porque
realmente el medidor del tiempo,
con arena, es como un metrónomo,
que sólo marca la velocidad de madida
para la reproducción
de las notas en el pentagrama que evocan
y recrean la melodía de la vida.
Hay días, como hoy, que envidio a mi periquito.
Ese que, liberado por mi,
salió feliz volando, por la ventana,
aunque no supiera...que iba a morir.
https://youtu.be/oryXBXrUfNA?si=_cPCvFnxnf_Z85l4
Un abrazo a todas las personas que me lean.
Bendiciones...todavía caminamos por el hule.
© GatoFénix