Ángeles en el fondo de un vaso.
Me levanté taciturno esa mañana,
todavía empijamado, bajé a la cocina a desayunar.
Estaba como con una madeja de lana en la cabeza...
trataba de no olvidar el sueño que había tenido,
Y me encontré con esa imagen en el fondo del vaso.
Trataba de ordenar todo, porque pasa que, aunque
lo ves como que un fractal tuyo hiciera de actor
en una película en la que trabajas como uno más.
Y como si pasaras por ahí, por rutina diaria,
te encuentras en un espacio abierto y en cuesta.
A unos cincuenta metros se levanta un edificio.
Resulta que es un Instituto de Bachillerato.
Es el primer día de clase: empieza el curso.
La cuesta es de un piso de cemento granulado.
Yo pensé que era lógico para evitar resbalones.
Ya habían pasado delante muchos estudiantes.
Y cuando ya quedó despejada la subida,
entonces procedí a subir yo.
A media distancia, encuentro un alumno
rezagado.
Llevaba a la espalda su cartera con dos tirantes.
Era de cuero color ocre y por eso sobresalía sobre el gris.
No había sol. Era temprano y con neblina.
Me acerco a él y gira la cabeza, pero no dice nada.
Observo que era minusválido.
y por algún motivo no podía caminar.
Pero él quería llegar al instituto solo.
No me dijo nada, pero yo sí le hablé.
Parece que yo trabajaba de profesor en ese Centro.
Yo era nuevo, y desconocía todo.
Me agaché y le dije: yo tambien voy ahí...
si quieres, te doy instrucciones sobre
lo que debes hacer, y así llegamos juntos.
Sonrió mirándome y asintió con la cabeza.
Le iba dando dando indicaciones...y lo animaba.
Y así, él como podía y yo, de rodillas o en cuclillas,
fuimos subiendo aquella pequeña cuesta
que pareció muy larga y desde abajo, no era tanto.
Al llegar a la puerta lo ayudé a ponerse de pié.
Se me acercó y me abrazó a la altura de las caderas.
Había en sus ojos la alegría de llegar.
Y así estuvo conmigo, entre aquella aglomeración,
hasta que llegamos a donde estaba su profesor
y sus compañeros.
Luego ya, sin volver a verlo me desperté
totalmente mohíno...
y casi diría que cansado como de haber caminado
en cuclillas por aquella rampa hasta la puerta.
No sé porqué, pero "me da el cuerpo" que ha de haber
alguna razón...o que me quiera decir algo.
No fue un sueño corto.
Duró y así lo sentí, todo el tiempo
que tardamos en llegar y eso pudo ser...
treinta y tres minutos.
Parece que nací para no jubilarme jamás.
Siempre acompañando a gente a crecer.
A crecer en Amor y Sabiduría
dentro de este cuerpo que vive temporalmente
sobre un Reino de Cuerpos que somos
gracias al Amor y la Sabiduría Infinita.
Bienaventurados los Buenos Samaritanos
en todos los campos del Conocimiento
que tiene su base en "el corazón".
Preciosa Advocación: "Corazón de Jesús"...
en Ti confío.
Sentíos bendecidos y acompañados por Él
en esta cuesta gris y rugosa que es
nuestra experiencia en la Tierra.
Arriba todo será diferente.
Un gran abrazo a todo lector que se acerque
a este rincón de GatoFénix.
© GatoFénix
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