Él se ha ido
y la muerte lo ha devuelto.
Hasta la muerte temió por su vida;
no pudo con su tristeza
y se contagió de su pena.
Era el amor el que movía
los hilos de aquella cometa,
marioneta del dolor.
Él ya estaba de viaje.
Había llegado al embarcadero,
o fue que lo llevaron tantas cosas...
El cuerpo parecía haber tirado la toalla.
Sus pies pisaban desnudos
las traviesas de una vía:
palio de la mar serena,
y sus manos llegaron hasta asir
las cuadernas de babor.
El mar subió dos dedos por sus lágrimas
y las gaviotas se espantaron de aquel silencio.
Llegó a a quedar inerte sobre la cubierta
desnudo apenas cubierto con un sudario.
La barca se desprendió.
La barca soltó las amarras.
La barca vacilante se movió
y emprendió el viaje, pero
un corazón roto pesaba demasiado
y no avanzaba nada:
pesaba demasiado.
Él se fue
vivió que se había ido
pero la muerte tuvo compasión
y lo ha devuelto.
Azrael, el Arcángel,
se lo escribió en los pies, una noche,
mucho tiempo atrás; pero entonces
no entendió nada.
Eran signos de un alfabeto
desconocido para él.
Lo ocurrido aquella noche, en un instante.
La noche del sobresalto y del desvelo;
sentado, a oscuras,
al borde del lecho en que dormía...
se desarrolló en cinco años de los nuestros.
Cinco años dando una verónica,
ajustando el cuerpo,
al toro negro de la vida;
aguantando la suerte sin romper la figura
y sin desdoro,
recordando, buscando la armonía...
"Que hasta el rabo to´es toro"
© GatoFénix

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