Ancha es Castilla.
Es ancha como puede verse.
Desde el Cerro de los Molinos en Alcázar de S. Juan. Ciudad Real
Nuestros ojos no abarcan todo lo que puede verse.
Es el corazón el que siente, de manera especial,
la libertad de pertenecer a otro lugar todavía más espacioso si cabe.
Notas que de la tierra surge un fluir permanente suave y cálido
unido al perfume peculiar del otoño, donde nuestros pies se posan
y nos sostienen enhiestos como una antena que capta los rayos de Sol.
Viajamos con la vista de lado a lado y, con nuestros pensamientos y,
con los ojos cerrados, de arriba hacia abajo.
Es, en el centro de nosotros, en nuestro estómago mismo, donde notamos
que algo se cuece y nos nutre en todos los sentidos;
no sólo en los cinco conocidos,
sino en otros que yo no me atrevo a calificar ni a etiquetar,
porque no sé ni cómo hacéroslos llegar.
Sensación de unión con el Todo o tal vez añoranza
de recuerdos olvidados y
tal vez, recurrentes
que nos invitan sólo a respirar profundo y oler
el olor del aire repleto de un montón de cosas que nos hace, a la vez:
grandes y muy pequeños.
Es algo así como un ovillo de fuego dulce
que gira y nos hace contonearnos
como un vórtice sutil e infinito
que nos deshilacha y nos aleja de cosas sin importancia que,
sin embargo pesan como el plomo
y nos retienen hechos un paquete de miedos
sin remitente ni destinatario conocidos.
Y a veces,
sospechamos que somos nosotros mismos.
Y esa sospecha
hace que se nos pase el tiempo
sin vivir el presente que somos:
aquí y ahora.
© GatoFenix
Desde el Cerro de los Molinos en Alcázar de S. Juan. Ciudad Real
Nuestros ojos no abarcan todo lo que puede verse.
Es el corazón el que siente, de manera especial,
la libertad de pertenecer a otro lugar todavía más espacioso si cabe.
Notas que de la tierra surge un fluir permanente suave y cálido
unido al perfume peculiar del otoño, donde nuestros pies se posan
y nos sostienen enhiestos como una antena que capta los rayos de Sol.
Viajamos con la vista de lado a lado y, con nuestros pensamientos y,
con los ojos cerrados, de arriba hacia abajo.
Es, en el centro de nosotros, en nuestro estómago mismo, donde notamos
que algo se cuece y nos nutre en todos los sentidos;
no sólo en los cinco conocidos,
sino en otros que yo no me atrevo a calificar ni a etiquetar,
porque no sé ni cómo hacéroslos llegar.
Sensación de unión con el Todo o tal vez añoranza
de recuerdos olvidados y
tal vez, recurrentes
que nos invitan sólo a respirar profundo y oler
el olor del aire repleto de un montón de cosas que nos hace, a la vez:
grandes y muy pequeños.
Es algo así como un ovillo de fuego dulce
que gira y nos hace contonearnos
como un vórtice sutil e infinito
que nos deshilacha y nos aleja de cosas sin importancia que,
sin embargo pesan como el plomo
y nos retienen hechos un paquete de miedos
sin remitente ni destinatario conocidos.
Y a veces,
sospechamos que somos nosotros mismos.
Y esa sospecha
hace que se nos pase el tiempo
sin vivir el presente que somos:
aquí y ahora.
© GatoFenix
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