Publicado el 06-12-2011 14:26
Como hay de todo en la vida, hay días como hoy.
Días que sale uno a caballo "pero en turbio"
como si tuvieras miedo y todo te agobiara.
Días de frío, entre cuatro y nueve grados,
en los que vas levantando la niebla
como si fuera un edredón húmedo y liviano.
Días de no encontrar el sitio, ni la marcha,
"encodrijado" sobre la grupa
viendo cómo las nubes, como "humo indio"
haciendo señales; huyendo, al despegar del suelo,
a enmarañarse en las copas de los pinos y subir
como vaho de la nariz del tiro del carro del Sol naciente,
y desaparecer.
El frío lo hace todo más lento.
La luz se convierte en nada
y pareces pilotar en el túnel de diciembre;
de un diciembre que empieza con Adviento
y presagia una larga travesía propiciatoria,
como un sacrificio de unos apóstatas,
empeñados, desde su incredulidad, en sumergirnos
en un Purgatorio, creo, inmerecido, por el capricho
de una entelequia fraguada en el limbo,
y no precisamente el limbo de los justos.
A medio camino, estaba más en las letras
- de banco - que en los arreos de la moto.
Curveaba encantado pero como ausente.
A ratos las imágenes del cielo se me antojaban fascinantes,
cuando, en algún lugar, el azul se veía limpio,
y aunque os parezca una tontería...,
transparente.
Parecía cristal sólido, a la vez, inexistente.
En determinados giros se me enfrentaba el Sol
y molestaba su contraluz como en los atardeceres,
porque ya se sabe que por estas fechas
casi no levanta el vuelo y a las doce
no está sobre nuestra cabeza sino frente a ella.
El suelo escarchado deja paso a las humedades
y con ellas al "mosqueo".
Tiempos inciertos de entumecimiento.
Tiempos de volver al agua caliente
y a un caldo de Cocido madrileño,
en nuestra casa,
al lado de los nuestros,
frente a un hogar encendido.
© GatoFénix
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